Fue en San Clemente.
Cuando llegué pensé en escribirlo, pero dejé pasar el tiempo. Ya ha pasado más o menos un mes desde que aquella experiencia , y creo que es algo de lo que no me voy a arrepentir nunca.
Llegar a una ciudad completamente diferente a la tuya, no a una casa sino que a una escuelita y escuchar que tendríamos que acomodarnos todos solamente en dos salas no es una forma fácil para comenzar. Todo sería completamente distinto, casi contrario, a nuestra rutina diaria. Una rutina que comenzaría con la música a un máximo volumen para poder levantarnos a todos a las 7 de la mañana. Ir a desayunar sin saber con quién te tocaría compartir la mesa y qué caras se podrían encontrar. Correr a vestirse para todos partir a lo asignado. En mi caso: cuadrilla, o sea, trabajar, construir, etc. Primero volvíamos a la hora de almuerzo, y todos aprovechaban también para poder dormir un rato. Después de estar toda la tarde trabajando con un sol del real demonio y toda una población de tábanos, coliguachos y todo lo relacionado con ello, volvíamos de nuevo a la escuela para tomar la esperada, o temida, ducha del día donde había que actuar a la velocidad de la luz para aprovechar la poca agua que salía y por supuesto, congelada. Vestirse y juntar las monedas para partir todos donde la famosa tía Patty, la tía que vendía las mejores empanadas y papas fritas y a un precio que era imposible no aprovechar. Nos ibamos a cenar y todos después aprovechaban el tiempo libre para conversar, dormir, fumar, hasta que empezaban las competencias entre los colores asignados. Y sino, un poco de reflexión. A la hora de dormir se desataban algunas discusiones. Dormir en una sala un grupo grandes de mujeres y con sacos en el suelo, no es cosa fácil, pero al final todas terminabamos riéndonos de cualquier tontera y durmiendo relativamente bien. Y cada día que pasó fue igual.
Trabajar construyendo era algo que sinceramente no esperaba hacer, pero había llegado con la mejor disposición. A nuestra cuadrilla se nos asignaron los muebles para una de las familias con más mala situación del pueblo. La casa de la Sra. Miriam y sus tres niños. En el día de la entrega de lo hecho, ver la cara de gratificación de ella no tenía precio. Ver una gran sonrisa y brillo en los ojos de ellos fue increíble. Saber que se puede ayudar de una forma tan fácil y sentirse pagada con solo un gesto, es uno de los mejores sentimientos que he experimentado. La gente que conocíamos quería darnos todo lo que estuviera a su alcance pero nada de eso fue necesario para partir de ahí completamente satisfecha.
Aprendí a sentirme agradecida por todo lo que tengo, por todo lo que me dan. Me dí cuenta de que hay tantas cosas que no son necesarias en la vida para poder vivir la felicidad. Solo espero que no sea la primera ni la última vez que pueda vivir algo así.