domingo, octubre 7

La llaman imaginación.

Siempre dicen que hay que escribir sobre las cosas que uno sabe, lo que uno maneja, y sólo dejar que el lápiz, la pluma o simplemente el teclado, te guíe. Que uno se entregue en este juego dode las palabras van naciendo solas. Cuando uno se propone escribir o hablar sobre un tema, muchas veces sale peor... o por lo menos para mí. Tal como necesito la libertad para vivir, la necesito para escribir, lo demás es como autolimitarme o que me limiten. Odio los límites; un corte en las alas o cemento en mis zapatos. Se debe volar con eso que tenemos pero que no siempre sacamos a relucir, que se llama imaginación (y ahora es cuando Bob Esponja y Patricio hacen un movimiento con la mano en el cielo y aparece un arcoiris).
La imaginación (sí, me limito a hablar de ella), es díficil de definir; es solo un gran cuento que alberga en nuestras mentes pero en un big desorden. Un desorden de brillantes ideas que flotan esperando su salida al mundo y vender libros, buenos discos, famosas pinturas... Lo que más me gusta de la imaginación es su exclusividad, ese infinito espacio solo de creación, un catálogo con todos los modelos del mundo.
En fin, la imaginación es curiosa, pero me cae bien, y me hace escribir icoherencias com estas.

jueves, octubre 4

Escribir esto fue entretenido.

Un 7 de septiembre (no importa el año) en Londres, un día de otoño, pero de esos escasos que son soleados (no sé si en Inglaterra tienen así). Paseando en esa feria artesanal al lado del río, sola y chocando con un vientecito cálido. Con mis mejores compañeros (ya mencionados antes por ahí) mp3 ,lleno con los mejores clásicos, y pila recargada; con unas converses no rotas y lentes de sol. Tengo mi bicicleta, brillante y verde como siempre, encadenada a un faro a la entrada de este pequeño centro de comercio. Llevo un morral con plata, un celular que no sonará, un brillo rosado, llaves y un buen libro de un buen autor nacional. En la volada más chilensis. Tengo una cámara colgada al cuello, de esas bacanes. Voy tomando un jugo natural, piña-naranja, la mejor y más rara mezcla, los mejores sabores. Y con la bombilla me aseguro de que el hielo aún exista. Me siento en la baranda del puentecito (sin escuchar a nadie diciéndome que me voy a caer) y pienso en lo que me espera en casa. Un loft, compilado de minimalismo y estilo propio, solo para mí. Un ventanal frente a mi cama con la mejor vista al amanecer. Un notebook conectado eternamente al vicioso y maldito msn... y pienso que es mejor que vuelva para hablar con mis papá, y contarles como estoy y como va la vida por acá.
O mejor les cuento que este sería el día perfecto para su hija la soñadora.