Un 7 de septiembre (no importa el año) en Londres, un día de otoño, pero de esos escasos que son soleados (no sé si en Inglaterra tienen así). Paseando en esa feria artesanal al lado del río, sola y chocando con un vientecito cálido. Con mis mejores compañeros (ya mencionados antes por ahí) mp3 ,lleno con los mejores clásicos, y pila recargada; con unas converses no rotas y lentes de sol. Tengo mi bicicleta, brillante y verde como siempre, encadenada a un faro a la entrada de este pequeño centro de comercio. Llevo un morral con plata, un celular que no sonará, un brillo rosado, llaves y un buen libro de un buen autor nacional. En la volada más chilensis. Tengo una cámara colgada al cuello, de esas bacanes. Voy tomando un jugo natural, piña-naranja, la mejor y más rara mezcla, los mejores sabores. Y con la bombilla me aseguro de que el hielo aún exista. Me siento en la baranda del puentecito (sin escuchar a nadie diciéndome que me voy a caer) y pienso en lo que me espera en casa. Un loft, compilado de minimalismo y estilo propio, solo para mí. Un ventanal frente a mi cama con la mejor vista al amanecer. Un notebook conectado eternamente al vicioso y maldito msn... y pienso que es mejor que vuelva para hablar con mis papá, y contarles como estoy y como va la vida por acá.
O mejor les cuento que este sería el día perfecto para su hija la soñadora.